Tinta, sudor y lágrimas

Mi generación en la UAM, fue una de las primeras que tuvieron acceso a computadoras cargadas con programas de diseño.

Recuerdo que en ese entonces aún se tenía que cargar el sistema operativo MS DOS, en la máquina una vez que la prendías ¿o era Windows?, bueno el chiste es que tenías que llevar tus discos con tu sistema, iniciar, dar un par de comandos y después de unos minutos lograbas entrar a una interface gráfica más amigable dónde podías hacer tus pininos en el Paint, y después adentrarte en la increíble maravilla que suponían programas de diseño gráfico tales como el CorelDraw, que para nosotros era lo nunca antes visto, lo máximo.

En mis tiempos (¡qué viejo me siento al decirlo así!) si uno quería hacer un diseño, por ejemplo de un poster, tenía que recurrir a cosas como el Letraset, para generar las palabras, poniendo las letras una a una, y fijándose en que todas tuvieran más o menos la misma distancia y no quedaran chuecas,  pues como comprenderán, en la vida real no existe el UNDO

Si querías hacer un libro, necesitabas recurrir a una suerte de extrañas fórmulas matemáticas, en las que tenías que tomar en cuenta el número de palabras, el tamaño de la caja, el tamaño de la tipografía y una serie de variables más que te daban como resultado la extensión en hojas que podía tener tu libro y dependiendo de ello podías hacer tu libro más o menos grande tomando en cuenta el tamaño de los pliegos de papel, para evitar en lo posible el desperdicio. Lo mismo que puedes hacer en InDesign, pero la diferencia es que todo eso era a mano y no siempre te salía a la primera.

Eran tiempos en los que si querías fotografías que pudieras usar en tu diseño, tenías que hacer todo un ritual, para la toma, medir la luz con una tarjeta gris, revelar tus rollos, imprimir las fotos, y si algo fallaba, era necesario repetir todo el proceso desde el principio, con el consiguiente tiempo que esto llevaba. Aún así, era toda una maravilla estar en el laboratorio y ver con tus propios ojos, como de repente, las imágenes iban surgiendo en el papel blanco, mientras se encontraba sumergido en el líquido revelador. Todo ello obviamente muy poco amigable con el ambiente.

Aprendíamos a hacer impresiones en offset, en serigrafía, a hacer grabados con gubias, mimeógrafo, fotografía y revelado, dibujo a mano alzada y un sinfín de cosas que ahora mismo se escapan de mi mente.

Muchos de mis compañeros salieron de ahí para montar sus propios talleres, (lo común y lo más fácil era hacer serigrafía de tarjetas de presentación y si era posible, empezar a diseñar la imagen de pequeñas empresas generalmente de amigos o familiares).

Nosotros fuimos de las primeras generaciones que utilizamos las computadoras y los programas de diseño para hacer más sencillas nuestras vidas y más rápidas nuestras entregas.

Es increíble lo mucho que ha cambiado la industria a través de la tecnología.

Hoy puedes tomar fotos y saber si están bien expuestas o no en tan solo unos segundos, o en el caso de los libros, podrías hacer varios en un mismo día, lo cual en aquellos días era algo imposible de imaginar. En aquellos días cada diseño, cada arreglo y cada corrección, ciertamente costaban tinta, sudor y lágrimas

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